El escándalo de Caja Madrid saltó en la primavera de 2012 cuando la auditora, Deloitte, se negó a firmar las cuentas de Banco Financiero y de Ahorros y de su participada,
Bankia, según las que los beneficios de una y otra, respectivamente, habrían sido de 40,9 y de 309 millones de euros. Ése fue el episodio que provocó la renuncia del presidente de ambas entidades, Rodrigo Rato, el posterior nombramiento de otro equipo gestor y la reformulación de las cuentas.
Mucha gente ya sospechaba que las cuentas de la matriz y de su participada tenían trampa. De hecho, ya contamos que hay analistas que dicen que Caja
Madrid ya estaba en pérdidas en el año 2010, aunque en las cuentas auditadas no aparezcan los números rojos porque en lugar de cargar el deterioro de los activos contra resultados se cargó contra patrimonio. De no haberlo hecho así, Caja
Madrid hubiera alcanzado unas pérdidas de 3.500 millones de euros en ese ejercicio.
Los mismo cabe pensar que sucedió con Banco Financiero y de Ahorros, agravado en el año 2011 por los fuertes intereses que debía pagar por las preferentes inyectadas por el FROB y el quebranto patrimonial que suponía tener apuntada su participación en
Bankia a un precio muy superior al de mercado.
Una curiosa reformulación
Ya con Goirigolzarri al frente de la entidad, se reformularon las cuentas. El escueto beneficio de BFA pasó a ser una multimillonaria pérdida de 3.318 millones de euros. En
Bankia, los números rojos según las cuentas auditadas habían ascendido hasta los 2.979 millones de euros.
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